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El astuto Carlsen

Actualizado: hace 3 días


Los más séniors recordaréis que, hace treinta años, la computadora de IBM Deep Blue venció por primera vez al campeón mundial de ajedrez, entonces Gary Kasparov. La noticia abrió diarios e informativos en todo el mundo; sin embargo, Deep Blue no se puede considerar totalmente una predecesora de lo que hoy llamamos Inteligencia Artificial (IA para abreviar). Esto es porque el artefacto, del tamaño de un frigorífico de dos cuerpos y amenazador color negro, basó su triunfo en una descomunal capacidad de computación, es decir, en poder analizar millones de jugadas en un tiempo mucho menor que su contrincante humano. En cierta forma, podría decirse que fue un triunfo de la fuerza bruta sobre la inteligencia; un triunfo que dejaba a nuestra especie vencida, pero con nuestra honra a salvo, porque no es calculando infinidad de posiciones como los humanos juegan al ajedrez, sino de otra forma más intuitiva y misteriosa, también más eficiente, que llamamos inteligencia.


Hace mucho menos, en 2017, Magnus Carlsen, posiblemente el mejor ajedrecista de la historia y ya tres veces campeón del mundo por entonces, asistió, como el resto de la humanidad, a la presentación de AlphaZero, un programa desarrollado por DeepMind (empresa subsidiaria de Google). Podría pensarse que AlphaZero es hija, o nieta, de Deep Blue, pero no; más bien se trata de una especie diferente. El concepto de AlphaZero no se basa en su enorme capacidad de computación (aunque la tiene), sino en una programación que sí incluye IA y cuyo objetivo es entender el ajedrez. La cosa funciona así: el programa comienza a jugar partidas contra sí mismo, aprendiendo de ellas, de forma que, en unas cuatro horas, es capaz de derrotar, no ya a cualquier ajedrecista humano (esto es ya poca cosa, porque con los avances en microcomputación, el smartphone más básico es capaz de ganar sin ninguna dificultad al mejor jugador del mundo), sino a cualquier otro programa basado en computación; y esto usando muchos menos recursos que ellos. Pero no sólo eso: los analistas se dieron cuenta de que AlphaZero veía cosas que los humanos no eran capaces: movimientos aparentemente sin sentido que, muchas jugadas después, acababan en mate. Se podría decir con exactitud que AlphaZero entendía el ajedrez mejor que los humanos.


Ese año, como digo, Magnus Carlsen conoció AlphaZero al mismo tiempo que todos los demás jugadores de ajedrez; es de suponer que tuvo las mismas sensaciones de curiosidad e incluso asombro que el resto. Y tras la presentación, como el resto, continuó compitiendo en los torneos de ajedrez con normalidad. Pero unos meses después, tanto los grandes maestros como los analistas coincidieron en que el estilo de Carlsen había cambiado.

El campeón planteaba líneas de juego que nadie más veía. Su estilo se volvió más posicional; cuando todos los demás sólo veían tablas, él aprovechaba ventajas posicionales microscópicas que, muchas jugadas después, terminaban en mate. Carlsen había entendido antes que el resto cómo pensaba el ajedrez AlphaZero.


Después de esto, Magnus Carlsen ganó dos campeonatos mundiales más, hasta que en una decisión sin precedentes en la historia del ajedrez, renunció a defender su quinto título, porque entendía que el ajedrez clásico ya no tenía los suficientes alicientes para él. Hoy en día, aún en activo, mantiene el mismo estilo de juego. AlphaZero (y otros programas de IA similares) se ha integrado ya en la rutina de entrenamiento de la inmensa mayoría de jugadores de élite.


¿Qué tiene todo esto que ver con el urbanismo y la ciudad? Como el ajedrez, el urbanismo es también una disciplina concreta, con reglas, herramientas y costumbres usados desde hace mucho tiempo; una disciplina, sin duda, bastante más compleja, pero no extraordinariamente más compleja que el juego. Urbanistas y diseñadores urbanos manejan herramientas como densidad edificada, intensidad de uso, población, actividades económicas, volumetrías, impacto ambiental, y con ellas establecen sus reglas de juego.


Uno cree que, en ésta, como en otras disciplinas, las posibilidades que puede ofrecer la IA para la obtención y gestión de datos, detección de patrones o modelizaciones, pueden ser enormes; de hecho, es posible que la IA llegue a entender el urbanismo mejor que nosotros. Esto es lo que creo que nos da miedo: admitir que un artefacto inanimado es capaz de razonar mejor que un ser humano. Pero lo más astuto quizá sea, como hizo Magnus Carlsen, no limitarnos es capaz de razonar mejor que un ser humano. Pero lo más astuto quizá sea, como hizo Magnus Carlsen, no limitarnos a aceptar nuestra inferioridad y asumir que la IA es una caja negra, un oráculo omnisciente e infalible al que creer siempre; será mejor intentar entender cómo piensa el oráculo para, después, perfeccionar nuestras propias predicciones y decisiones sobre cómo interpretar y habitar el mundo.

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